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Mi práctica artística aparece no solo como una disciplina estética, sino como una tecnología de regulación emocional y cognitiva. Para muchas personas neurodivergentes, como es mi caso, crear implica organizar el caos perceptivo, transformar la sobrecarga sensorial en lenguaje y otorgar estructura a una experiencia interna difícilmente compartible mediante códigos convencionales.

En este sentido, mi arte no actúa únicamente como representación, sino como mecanismo de supervivencia. Mi creación artística me permite elaborar narrativas alternativas frente a un entorno que, históricamente, ha patologizado la diferencia. Allí donde el lenguaje verbal fracasa, la materia, la imagen y la huella permiten construir nuevas formas de existencia. El gesto artístico se convierte, entonces, en una forma de resistencia frente a la homogeneización cultural y educativa.

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